"Díganme dónde botaron su cuerpo para darle cristiana sepultura y tener un sitio dónde llorarlo y a dónde llevarle flores, clamaba su madre..."
ÚN | Willmer Poleo Zerpa.- El auto era negro, como negra era el alma de los desalmados que se lo llevaron, que iban trajeados de negro también. Solo uno estaba en mangas de camisa. Hacía calor, pese a que el sol no había despuntado todavía. Ya iban a ser las diez de la mañana.Luis Alberto hablaba enredado, rápido, contundente, y a cada instante le estaban repreguntando qué era lo que había dicho. Pero cuando lo agarraron nada dijo. Prefirió las más crueles torturas antes de delatar a sus camaradas de lucha. Hay quien dice que ni siquiera emitió un quejido y que quizás fue ese temple el que enardeció aún más a los hombres de negro, de las almas negras.Corrían los años candelosos de finales de los sesenta. Rómulo Betancourt había ordenado sofocar las revueltas a sangre y fuego y su sucesor, Rafael Caldera, había seguido sus pasos, aunque había logrado engañar a mucha gente con su política de pacificación.Muchos de los que bajaron de las montañas no llegaron a las ciudades. Fueron interceptados en el camino por los hombres de negro. Algunos fueron entregados en los Teatros de Operaciones, que eran unos sitios macabros en los que había puros militares y de los que muy pocos salían vivos, pero otros eran acribillados allí, en plena calle. Luego vendrían las explicaciones a la prensa: peligroso antisocial cayó abatido al enfrentarse a la policía.Eso es lo que necesitaban los hombres de negro: luz verde para arremeter con sus manoplas, y sus garrotes y sus fusiles, contra aquellos “peligrosísimos” estudiantes cabezas calientes que día a día se alzaban en todas las universidades y liceos del país y que se la pasaban leyendo a Marx, Lenin, Sun Tzu, el Che o Mao.Estudiante ejemplar. Luis Alberto había nacido en Aragua de Barcelona, en el estado Anzoátegui, a cuyas montañas se habían mudado grupos de estudiantes de ambos sexos, y obreros y desempleados. Pero él se había ido a Caracas y había comenzado a estudiar sociología y antropología en la Universidad Central de Venezuela, donde tenía fama de ser uno de los alumnos más aventajados, pero no por ello dejó de participar activamente en la política. “Nosotros los revolucionarios debemos enseñar con nuestro ejemplo. Debemos ser los primeros en todo, los mejores estudiantes, los mejores trabajadores”, solía decir. Militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y decidida fue su participación en el impulso de la Renovación Universitaria junto con sus compañeros de estudios, inspirados en el Mayo Francés de 1968.Eran días de marchas, huelgas y actos en solidaridad con Vietnam, cuyo pueblo le estaba dando una lección de dignidad a los norteamericanos.Luis Alberto sacaba tiempo, nadie sabe de dónde, para desarrollar actividades de corte social. Sus compañeros recuerdan con nostalgia toda la colaboración que les prestó junto con un grupo de estudiantes de la UCV a los damnificados del barrio Gramoven, en Catia, los cuales habían sido “depositados” a la buena de Dios en el gimnasio cubierto de la zona F del 23 de Enero.El último día. 26 de septiembre de 1969. Luis Alberto iba caminando presuroso junto con otro bachiller, a quien le decían El Negro, pero no por malo, como los que andaban trajeados de oscuro a bordo de los carros negros, sino porque había nacido con la piel tostada. Justo en el cruce de la calle Juncal con la Bermúdez de allá de Aragua de Barcelona vieron dos de los autos que estaban aparcados. El Negro, que se apellidaba Vivas Guayamo, sonrió, intentando transmitir serenidad, pero ya nada de eso tenía sentido. Los hombres de almas oscurecidas estaban allí precisamente esperándolos a ellos. Estaban dateados de que por allí pasarían.Allí mismo, sin preocuparse de que los estuvieran viendo, les cayeron a golpes y los doblegaron con las cachas de las armas y sus garrotes. Los montaron y se los llevaron. Luego se supo que eran de Inteligencia de las Fuerzas Armadas.Los autos oscuros se encaminaron hacia los senderos que conducen a Anaco. Poco después detuvieron la marcha al llegar a un caserío conocido como La Gloria y allí los bajaron y los golpearon de nuevo. Luis Alberto casi que no podía ni caminar y se les desmayó. Lo cargaron entre varios, no sin antes darle varias patadas para ver si lo reanimaban, y lo arrojaron, como si fuera un saco de papas, al fondo del maletero del auto, donde ya tenían a otro revolucionario llamado Miguel Otilio Pinto.Me cuenta la tía Felipa que el Negro Vivas fue llevado al campamento antiguerrillero en Cocollar, en el estado Sucre, donde lo habían torturado de manera brutal y de allí lo trasladaron a la cárcel de La Pica, en Monagas.De Luis Alberto sí que no se supo más nada. Su familia lo buscó en todos los hospitales de Aragua de Barcelona, preguntó por aquí y por allá. Se iban en volandillas para donde les decían que habían visto uno parecido, revisó los ingresos en el cementerio, en la morgue del hospital, hablaron con médicos y enfermeras, se vinieron para Caracas y buscaron apoyo en José Vicente Rangel, que era parlamentario y no temía a los hombres de negro, quien armó un escándalo en el Congreso y se entrevistó con los ministros del Interior y de la Defensa. Pero nada se supo del pobre Luis Alberto.Yo sé que me lo mataron, pero por lo menos díganme dónde botaron su cuerpo para darle cristiana sepultura y tener un sitio dónde llorarlo y a dónde llevarle flores, clamaba llorosa y con voz quedita su madre cada vez que visitaba una dependencia policial. Luego se supo, porque uno de los militares se compadeció y habló, que había sido asesinado, pero este no tenía conocimiento de lo que hicieron con el cadáver. Por supuesto que el Gobierno nunca admitió el crimen. Me cuenta la tía Felipa que las protestas no se hicieron esperar en las universidades y liceos de todo el país, pero vinieron nuevos muertos, nuevos detenidos, nuevos torturados, nuevos desaparecidos.El pasado 26 de septiembre se cumplieron 45 años desde el día en que se lo llevaron. Su familia lo llora igualito. En Aragua de Barcelona inauguraron un Centro Diagnóstico Integral que lleva su nombre.
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