martes, 29 de diciembre de 2015

Cate Blanchett: "El feminismo no debe denigrar a los hombres"

HÉCTOR LLANOS MARTÍNEZ

  • A sus 46 años, esta dama del teatro que ha encandilado a la industria del cine estadounidense, presume de dos Oscar.
  • En 2016 podría asomarse a las nominaciones de nuevo por su papel en 'Carol'.
  • Madre de familia numerosa, la actriz australiana se define exigente y comprometida.
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Cate Blanchett

Naturalidad y extrema elegancia parecen términos contrapuestos, pero, en las distancias cortas, Cate Blanchett (nacida un 14 de mayo de 1969) confirma que lo suyo es algo más que telegenia. Es cierto que la cámara mima sin reparo su fría belleza; como lo es también que su presencia no pierde ni un ápice de magnetismo cuando no cuenta con los artificios habituales del cine. Su agudeza mental, en contraste con su piel, resulta volcánica.

La australiana es principalmente una dama del teatro, que se encontró casi sin buscarlo con que la gran pantalla la requería una y otra vez, a pesar de que ella había hecho siempre lo contrario a lo que debía para triunfar en Hollywood. Escogió los papeles más complicados (como el de la reina Isabel I o la heroína Charlotte Gray) antes de aceptar aparecer en El Señor de los Anillos, nunca tuvo miedo a expresar sus opiniones ni a marcar sus propios ritmos.

A finales de la década pasada, Blanchett tenía a la industria bajo sus pies cuando lograba un Oscar haciendo algo tan difícil como era emular a una leyenda del celuloide: nada menos que a Katharine Hepburn en El aviador. Su presencia era habitual en los proyectos más ambiciosos y entonces fue cuando tomó una decisión cuanto menos arriesgada.

Durante años abandonó el cine casi por completo para dirigir la compañía del Teatro de Sydney junto a su marido, Andrew Upton. Lo hizo en esa franja de edad en la que el resto de actrices luchan por sobrevivir en un negocio que las considera mayores demasiado pronto. Cuando quiso regresar a la gran pantalla, superada ya la barrera de los cuarenta y sin estar en primera línea mediática desde hacía algún tiempo, era consciente de que se arriesgaba a que el teléfono no sonara.

Por fortuna, un hombre tan indómito como ella a la hora de aceptar las normas del juego sí que hizo una llamada. Era Woody Allen, quien había pensado en ella para que protagonizara Blue Jasmine. Unos meses después, la actriz retomaba su carrera en el cine con una nueva estatuilla bajo el brazo gracias al director neoyorquino.

Ahora, aunque apenas han pasado un par de años, esta madre de familia numerosa ya suena entre las favoritas para volver a llevarse el premio a casa, algo que muy pocas actrices han logrado a lo largo de la historia de estos galardones. Lo conseguiría por su exquisita encarnación de Carol, una mujer tan sofisticada como se podía ser en la década de los cincuenta y al mismo tiempo sofocada por la idiosincrasia machista de la época.

Es la luchadora que da título a la nueva cinta de Todd Haynes, en la que se narra la historia de amor entre una mujer casada y una joven dependienta. Su catálogo de féminas fuertes tiene muchos más matices de lo que puede parecer, como muestra la periodista de raza que acaba de encarnar en La verdad, junto a Robert Redford.

En los últimos tiempos, muchas actrices se están rebelando contra el rol de la mujer en la industria del cine. Desde la diferencia salarial a las preguntas de las que son objeto en las alfombras rojas.
Hay que decirlo claro: las mujeres somos muy necesarias en esta industria, como en todas. No incorporar a mujeres al debate creativo es una forma de pensamiento que me resulta muy pobre, porque hace que la conversación sea monocromática y sin matices. De todas maneras, no creo que denigrar a los hombres sea una cualidad que las mujeres debamos cultivar para defender nuestros derechos.

Da la sensación de que usted tiene capacidad de elección en su carrera, algo muy difícil para las mujeres en el cine.
Cuando salí de la escuela de interpretación, no pensaba en dedicarme al cine. Me gustaba soñar con que iba a tener una larga carrera en el teatro, así que cada vez que he hecho una película o que hago una nueva es una pequeña sorpresa que mi yo del pasado no se esperaba. Llegó un momento en que decidí dejar el cine por voluntad propia para centrarme por completo en mi compañía de teatro. Muchos me decían que no iba a poder volver. No me importaba. Pensé: "A ver qué pasa". Cuantas más mujeres seamos proactivas y dinámicas en esta industria, menos sorprendente será que no nos volvamos invisibles a partir de una determinada edad.

¿Sigue vigente esa creencia que defiende que los actores de teatro forman parte de la aristocracia de la interpretación?
He de decir que el teatro me ha hecho actriz, estoy segura de ello. De todos modos, en las nuevas generaciones eso ya no ocurre. Incluso hay ejemplos en las generaciones anteriores, como es el caso de Judi Dench, que se mueven en todos los medios como pez en el agua y siempre son excelentes.

Con tantos proyectos en marcha, ¿dónde hace vida familiar?
No paso tanto tiempo en Los Ángeles como la gente puede imaginar. Mis hijos están escolarizados en Sydney (Australia), adoro Berlín y me gusta Islandia, supongo que su naturaleza volcánica me llama la atención, por eso me gusta Nueva Zelanda también. Hay muchos lugares del mundo en los que adoraría vivir, pero mi marido Andrew (Upton) y yo acabamos de adoptar una niña y ya tenemos cuatro hijos, que es como tener una pequeña compañía teatral. Todo lo sometemos a votación. Hasta ahora Andrew tenía un puesto fijo en la compañía del Teatro de Sydney, pero hace poco dejó su trabajo allí y estamos pensando en pegarnos un año sabático. Nos gusta viajar, aunque tenemos que cuadrar las clases de los niños.

¿Se considera muy exigente?
Siento cierta sensación de vértigo cada vez que me enfrento a un nuevo papel. Sé que suena a cliché, pero es cierto. Me ocurre porque tengo un desarrollado sentido del deber, lo que en realidad no me molesta. Cada vez que comienzo un rodaje, me asalta el temor de que la película en cuestión vaya a ser un absoluto despropósito, en especial si es una apuesta arriesgada.

Todos los actores tienen que cambiar de acento alguna vez a lo largo de su carrera, pero en su caso, al ser australiana trabajando en producciones estadounidenses o británicas, le toca hacerlo todo el tiempo.
Siempre se admira de los actores cuando logramos perfeccionar un acento que no es el nuestro para componer alguno de nuestros papeles. Lo cierto es que se trata de algo que hacemos siempre de un modo u otro. Cuando te metes en la piel de una persona diferente, ejecutas otro tipo de expresión corporal que no te pertenece. Es como aprender un idioma extranjero. Además, me resulta más complejo dar con el tono de voz adecuado que exprese la psicología del personaje que el acento en sí mismo.

Más allá de estar protagonizada por dos mujeres, Carol es una gran historia de amor. ¿Está de acuerdo con que la película se convierta en un icono por los derechos de la comunidad homosexual?
Habrá que ver hasta qué punto se convierte en icono; será algo interesante por descubrir. Pero la razón principal para hacer esta película fue que se trataba de una historia bellísima. A Todd Haynes se le ha tildado como el "rey del cine homosexual", pero ha hecho un filme que sobre todo habla de amor y esa ha sido nuestra guía a la hora de trabajar en la película.

Bien es cierto que el colectivo homosexual está mucho más representado que hace unos años.
Si la película se hubiera rodado hace 15 ó 20 años, el diálogo que se ha establecido en torno a ella sería muy diferente. En este tiempo los derechos y diversidad en la comunidad homosexual han cambiado mucho. Desde que se estrenó Brokeback Mountain hace una década, todo ha cambiado también en Hollywood. Nos hemos aproximado a las problemáticas de esta comunidad desde todo tipo de ángulos. No creo que una sola película haya obrado el cambio para la realidad lésbica, ni si quiera La vida de Adele; se necesita de un movimiento cinematográfico completo para obrar el cambio.

De todos modos, ser homosexual sigue siendo controvertido en Hollywood.
La prueba de ello es que estamos hablando de eso ahora mismo. Probablemente, más que controvertido, lo que ocurre es que un actor se expone mucho más a la opinión pública que un banquero o un librero. No creo que se trate de una cuestión de discriminación, pero ningún actor quiere ser encasillado y ahí sí que puede haber un conflicto. Tu género, tu sexualidad, tu raza... pueden cerrarte puertas en este negocio.

Hace poco pudimos verla en La verdad.
Hay dos cosas que me apasionaban de ese proyecto. Por un lado, la historia real de Mary Mapes, una periodista televisiva que destruyó su carrera cuando intentó sacar a la luz un escándalo sobre George W. Bush meses antes de las elecciones presidenciales de 2004. Es importante que el espectador conozca estos hechos y que reflexione sobre el modo en que los medios de comunicación nos informan.

¿Y la otra?
¡La otra es Robert Redford! Fue un sueño hecho realizad. Soy consciente de mi suerte porque es muy exigente y acepta trabajar en muy pocas películas. Es un hombre muy comprometido y con una enorme curiosidad por lo que ocurre en el mundo.

¿Conoció a Mary Mapes para construir su personaje?
Sí. Ella colaboró mucho conmigo y fue todo corazón. Hace años que no ejerce como periodista de informativos. La Mary que yo encontré es muy distinta a la del pasado, a la mujer peleona y vivaz que aparece en el guion y que yo descubrí investigando sobre su trabajo previo.












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