viernes, 29 de enero de 2016

Stephen Frears: "De Armstrong me interesa su acto criminal"

HÉCTOR LLANOS MARTÍNEZ

Stephen Fears

Cada vez que el británico de 74 años Stephen Frears se ha centrado en analizar los mecanismos de manipulación del alma humana, como tan bien hizo en Las amistades peligrosas a finales de los 80, su carrera ha despuntado. Acaba de terminar el año en el que el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, ha dimitido de su cargo por los continuos casos de corrupción que rodeaban su mandato. Es cuando el hombre que retrató los entresijos de la Corona y el Gobierno de su país con la precisión del mejor de los pintores figurativos en La reina se sienta a comentar su nuevo trabajo.

En un hotel de la ciudad de Zúrich, durante el festival de cine de la ciudad suiza donde vive Blatter, habla con su habitual lenguaje cáustico sobre el ciclista Lance Armstrong, el protagonista del mayor fraude deportivo de la historia.  En su nueva cinta, The Program, que llega a las salas españolas el próximo mes de marzo, el periodista irlandés David Walsh intenta desvelar la verdad tras el mito del ciclismo mundial: sus victorias estaban regadas de sustancias ilegales. El director lo narra a lo largo de 100 minutos, con el mismo rigor con el que lo analiza todo en la vida y que lo lleva a no aceptar de buen grado los halagos, casi hasta el punto de situarse a un paso del cinismo irremediable.

Se inspiró en el libro publicado por el propio Walsh, Seven Deadly Sins (Siete pecados mortales). El hecho de no saber apenas nada del ciclista estadounidense antes de embarcarse en el proyecto lo ayudó a ser más aséptico, asegura. Frears no profesa ninguna religión. De hecho, no fue hasta los 30 años cuando descubrió que tenía raíces judías. Su falta de fe, su escepticismo, lo hacen perfecto para analizar acontecimientos salidos en las páginas de los periódicos. «No quise rodar una biografía de Lance Armstrong. Quería contar la historia de un crimen», sentencia el cineasta, nacido en Leicester, el Reino Unido, un 20 de junio de 1941.

¿Tuvo algún contacto con Armstrong antes o durante el rodaje de la cinta?
No, ni tampoco quise tenerlo.

¿Y él quiso?
Es mejor preguntárselo a él. ¿Por qué íbamos a querer tener contacto con él? Ya sabemos todo sobre él: ¡que es un mentiroso!

Y poco se puede hablar con un mentiroso...
En este caso solo iba a poder contarme: «Me metí drogas de este modo o de este otro...».

¿Por qué quiso contar esta historia?
No sé nada de ciclismo ni me interesa, pero leí sobre ello y pensé que era una fantástica narración sobre un gran crimen, sobre un ladrón que robó el Tour de Francia durante siete años seguidos ¡Es fantástico!

También, en cierto modo, Lance Armstrong es un gran contador de historias.
Lo es. Y mucha gente creyó lo que contaba. ¿Acaso no es apasionante? Es cierto que parte de la prensa francesa no lo hizo y David Walsh tampoco. El expresidente de la FIFA Joseph Blatter, que vive a pocos metros de donde estamos, también sabe de esto mucho… En torno a él hay una impresionante trama de corrupción. Su historia también daría para una gran película.

Puede que sean personajes que se engañen mucho a sí mismos para mentir así de bien.
Sí, es el estilo de delirio que sufría también el antiguo primer ministro británico, el señor Tony Blair. También se convencía a sí mismo de muchas cosas.

A lo largo de la película vemos a Armstrong como un hombre solo, únicamente interesado en su carrera. Apenas hay aspectos de su vida personal o familiar ni aparece nadie cercano a él. ¿Por qué decidió no prestar atención a esa parte de él?
Primero porque había mucho que contar y preferí no dispersarme. Además, tampoco sabía nada de su vida personal. ¿Qué quería, a Sheryl Crow en la película? Quizá hubiese estado bien, pero prefería no entrar en terrenos más propios del cotilleo. No me interesaba la biografía de Armstrong tanto como su acto criminal.

¿Por qué Ben Foster era perfecto para el papel de Armstrong?
Bueno, Foster [nacido en Boston en 1980] me pareció una muy buena opción en ese momento. Pero ahora, cuando veo la película, pienso que lo que hace en el papel es absolutamente milagroso. La realidad es que eliges a alguien para que interprete a un personaje esperando tener suerte y haber acertado. No es una ciencia exacta, claro. ¿Sabía que iba a ser tan bueno cuando empezamos a rodar? Pues la verdad es que no. Así que imagino que tuve suerte al elegir.

¿Y cómo suele decidir esas cosas?
Son decisiones que tomo desde el estómago, después de conocer a los actores en persona. En un momento dado pienso: «Tiene sentido que esta persona interprete a este personaje». En su caso fue inmediato. No vi a ningún otro actor. Sabía que era buen actor, obsesivo con sus personajes y determinado. No vi ninguna razón para que no fuera él.

Él ha comentado recientemente que tomó las mismas sustancias que Armstrong para prepararse el personaje. ¿Sabía usted algo de esto?
No. Durante el rodaje yo no supe nada. Me enteré hace pocos días de que lo había hecho, cuando lo comentó en la presentación de la película en Toronto. Sabía que entrenaba muy duro, como un deportista de élite más que como otro actor que se pone en forma para la
cámara, pero no hasta qué extremos había llevado su obsesión.

¿Se lo hubiese pedido usted mismo?
No. Pero respeto que él lo hiciera.

Armstrong, Blatter, Blair… ¿La industria del cine es tan corrupta como el deporte o la política?
¡Qué va! Es un mundo tan inocente como una florecilla… ¡Qué sugerencia tan escandalosa! Estoy consternado –dice con entonación de actor de teatro–.

Las escenas de carreras ciclistas en su película son espectaculares.
Como le decía, no tengo mucha idea de ciclismo. Lo bueno es que hay imágenes de archivo del Tour de Francia por todos los lados. Aun así, fue complicado de rodar. Fuimos a los Alpes franceses y también al norte del país, en la frontera con Bélgica. Todo era a gran escala y no fue fácil.

Siempre que se alaba su talento usted parece rechazar el cumplido. ¿Es por timidez o no se lo cree?
Bueno, no es que sea falsa modestia o que intente restarme méritos, pero creo con honestidad que el mayor de mis talentos es saber rodearme de gente con talento. Mi equipo artístico y técnico es responsable de buena parte de los proyectos que más se han alabado en mi carrera. Además, suelo repetir con ellos y nos conocemos bien, lo que hace que el trabajo sea más eficiente cada vez.












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